Juan Eduardo Díaz


Juan Eduardo Díaz
Poeta nacido el 8 de agosto de 1976 en la ciudad de San Bernardo, es creador de los libros poéticos:

Sombras de Valparaíso

Autoeditado en Ediciones del Andén, San Bernardo 2001

Ángeles ebrios
Autoeditado en Editorial La Cáfila
Valparaíso 2002

del diario de Teresa y Sylvia
Autoeditado en Editorial La Cáfila
Valparaíso 2005

Carta de Ajuste Antología de poetas inéditos en Valparaíso
en co-autoría al poeta Antonio Rioseco Aragón
Autoeditado en Ediciones Cataclismo
Valparaíso 2008

Claveles
Ediciones Caronte
Valparaíso 2009

Ha sido publicado además:

En la revista Avance Cultural del Círculo de Escritores de La Cisterna (1999)
En la Séptima Antología Poesía Prosa, editado por el Ateneo de San Bernardo (2000)

La plaquet Siete Poemas de ángeles ebrios
de la serie Cuadernillos Poéticos
publicado por la Casa de la Cultura Manuel Magallanes Moure y Maipo Ediciones
San Bernardo 2000

En la antología de cuentos
La Cómoda y otros cuentos (2002) y en la antología poética
Señales en la Piedra (2003)ambos editados por el Centro Cultural Balmaceda 1215
Región de Valparaíso

El catálogo del XXIV Concurso
Nacional de Arte y Poesía Joven
de la Universidad de Valparaíso (2002)

El libro Historias de Bares, antología de
cuento y poesía del IX Concurso Literario
Eusebio Lillo de El Bosque (2005).

Afinidades electivas:



Poesía:

Esta mujer no lee poesía

¡Ah!
que tus dagas de papel cortan mis manos
contaminan mi sangre
y excitan envidioso el verso.
Maiakovski
algún día el roneo de mis libros
gastará tu nube arrebatada al hombre,
sanguinarias calas negras
esperarán fuera de tu nicho
y definitivamente la mujer del teléfono
lamerá mis labios,
desnuda hojeara algún poeta ruso
sin leerlo,
porque ella no sabe de poemas
ni siquiera sabe que hay poetas rusos.


Ángeles Ebrios
(Ediciones La Cáfila, Valparaíso 2002)

retazos, sábado 13 de agosto

Porque es absolutamente necesario hacerlo, porque debiste creerme
cuando te lo prometí.
Éstos son nuestros momentos, te los devuelvo con todo el amor que
puede soportar un reencuentro.
Éste es nuestro diario, sin edades vividas, ni fechas reales, sin tiempo.
Entre las líneas verás pasar una a una las estaciones, en tu piel ya no
sentirás la tibieza repetida de crueles soñolencias, esas que susurran
mi nombre junto al tuyo y bajo la almohada.
Porque tú y yo somos hembras y es malo serlo, es terrible de vez en
cuando llorar porque sí, y tomarte de la cintura y besarte en los labios.
Estos son los retazos, porque nunca supe decirte las cosas.
Porque en estos melancólicos ojos alguna vez te miraste.
Esta mi desmallada voz susurró tu nombre, ahora mi heroica y ferrosa
alma, insufrible al dolor, se dobla a seguir queriéndote, aunque sea
ahora la última vez y nunca más lo vuelvas a oír del resquicio de mis labios…

del diario de Teresa y Sylvia
(Ediciones La Cáfila,Valparaíso, 2004)

Teresa ya no

Teresa ya no llora tendida en su cama, aguarda quieta como una
fotografía.
Cual Penélope a la espera de su amada, se pasea fantasmal por la
calle,
pero nadie la ve, nadie la toca, nadie la siente suspirar, sollozar en
los fríos días de invierno,
y cruzarse entre las parejas dejando un silencio atroz en la espalda.
Teresa ya no escribe cuentos, ni poemas, no realiza rituales por las
mañanas, ni por las tardes,
no le teme a satanás que la miraba pasearse desnuda en el patio de
su casa,
nunca creyó en dios, ni en su sombra proyectada como una herencia.
Teresa cambió su nombre y se inventó el de Sylvia, relegó su
nostalgia al recuerdo y lo olvidó todo.
Teresa cosió sus parpados y cortó su lengua a la gloria de un nunca
más en la vida.
Teresa no leyó a Alejandra Pizarnik, ni besó nunca a Anais.
Teresa ya no escribe cartas de amor.
Teresa ya no lee, ya no habla.
Teresa ya no escribe…


del diario de Teresa y Sylvia
(Ediciones La Cáfila,Valparaíso, 2004)



Los claveles
no huelen a cementerio

No sé cuál será el día al borde de los huesos
continuados uno a uno atrozmente
como anaqueles invisibles, algunos recuerdos

se descuelgan atacando florestas, mansedumbre
que asusta al amanecer.
Los claveles no huelen a cementerio, el abedul

llora imitando a un sauce, es que al fondo de la tumba
hay un charco de agua. Pero no te preocupes vidita
que son los cementerios los que huelen a claveles.

Claveles
(Ediciones Caronte, Valparaíso 2009)